CONOCERNOS ¿qué nos quiere decir el cuerpo con la enfermedad?

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01 marzo 2009

La educación y el significado de la Vida




Todos hemos sido preparados por la educación y el medio para buscar el provecho personal y la seguridad, y para luchar por nosotros mismos. Aunque lo disimulemos con frases agradables, hemos sido educados por las diversas profesiones, dentro de un sistema basado en el temor, la explotación y el afán adquisitivo. Una educación semejante debe traer inevitablemente confusión y desdicha para nosotros mismos y para el mundo, porque crea en cada individuo esas barreras psicológicas divisivas que lo mantie­nen separado de los demás.
La educación no es un mero asunto de adiestrar la mente. El adiestramiento contribuye a la eficiencia, pero no genera integración. Una mente que tan sólo ha sido adiestrada es la continuación del pasado, una mente así jamás puede descubrir lo nuevo. Por eso, para averiguar qué es la verdadera educación, tendremos que investigar todo el significado del vivir.
Para la mayoría de nosotros, el significado de la vida como una totalidad no es de primordial importancia, y nuestra educación acentúa los valores secundarios, volviéndonos expertos en alguna rama del conocimiento. El conocimiento y la eficiencia son necesarios, pero hacer un hincapié fundamental en ellos sólo da por resultado conflicto y confusión.
Existe una eficiencia que, inspirada en el amor, va mucho más allá y es más grande que la eficiencia de la ambición. Y sin amor, que trae consigo una comprensión integrada de la vida, la mera eficiencia engendra crueldad. Y es esto lo que actualmente está ocurriendo en todo el mundo. Nuestra educación presente está adaptada a la industrialización y la guerra, siendo su principal propósito desarrollar la eficiencia; y nosotros nos hallamos atrapados en esta maquinaria de competencia despiadada y destrucción mutua. Si la educación nos conduce a la guerra, si nos enseña a destruir o ser destruidos, esto quiere decir que la educación ha fracasado completamente.
Para dar origen a la verdadera educación, es obvio que debemos comprender el significado de la vida como una totalidad, y para eso tenemos que ser capaces de pensar, no consecuentemente, sino de manera directa y veraz. Un pensador consecuente es una persona irreflexiva, porque se ajusta a un modelo; repite frases y piensa conforme a una rutina. No podemos comprender la existencia de modo abstracto o teórico. Comprender la vida es comprendernos a nosotros mismos, y eso es tanto el principio como el fin de la educación.
La educación no consiste tan sólo en adquirir conocimientos, en reunir datos y correlacionarlos; la educación es ver el significado de la vida como una totalidad. Pero lo total no puede ser abordado a través de la parte, que es lo que intentan hacer los gobiernos, las religiones organizadas y los partidos políticos autoritarios.
El objeto de la educación es crear seres humanos integrados y, por lo tanto, inteligentes. Podemos adquirir títulos y ser eficientes desde el punto de vista mecánico, sin que por eso seamos inteligentes. La inteligencia no es simple información; no se obtiene de los libros ni consiste en ingeniosas respuestas autoprotectoras y afirmaciones agresivas. Una persona que no ha estudiado puede ser más inteligente que una erudita. Hemos hecho de los exámenes y los títulos la norma de inteligencia, y hemos de­sarrollado mentes astutas que eluden las cuestiones humanas vitales. La inteligencia es la capacidad de percibir lo esencial, lo que es; y la educación consiste en despertar esta capacidad en uno mismo y en los demás.
La educación debe ayudarnos a descubrir valores auténticos y perdurables, con el fin de que no nos aferremos simplemente a fór­mulas ni a repetir eslogans. La educación debe ayudarnos a derribar nuestras barreras nacionales y sociales en vez de acentuarlas, porque las fronteras, cualquiera que sea su género, engendran antagonismo entre los seres humanos. Desgraciadamente, el sistema actual de educación nos vuelve serviles, mecánicos y profundamente irreflexivos. Aunque nos despierta intelectualmente, en lo interno nos deja incompletos, atontados y faltos de creatividad.
Sin una comprensión integrada de la vida, nuestros problemas intelectuales y colectivos sólo se ahondarán y extenderán. El propósito de la educación no es producir meros eruditos, técnicos y buscadores de empleos, sino seres humanos integrados y libres de miedo; porque únicamente entre seres humanos así puede haber paz duradera.
En la comprensión de nosotros mismos, el miedo llega a su fin. Si el ser humano ha de abordar la vida de instante en instante, si tiene que enfrentarse a sus complicaciones, a sus desdichas y exigencias repentinas, debe ser infinitamente flexible y, por lo tanto, debe estar libre de teorías y de patrones particulares de pensamiento.
La educación no ha de estimular al ser humano para que se amolde a la sociedad ni para que se oponga a ella, sino que debe ayudarle a descubrir los verdaderos valores que se revelan con la investigación imparcial y la percepción de nosotros mismos. Cuando no hay conocimiento propio, la autoexpresión se vuelve autoafirmacion, con todos sus conflictos ambiciosos y agresivos. La educación debe despertar la capacidad de conocernos a nosotros mismos y, por eso mismo, no complacernos meramente en la gratificadora autoexpresión.
De nada sirve que aprendamos si en el proceso del vivir nos destruimos a nosotros mismos. Por poco que miremos a nuestro alrededor nos daremos cuenta de que es evidente que hay algo radicalmente erróneo en el modo como educamos a nuestros hijos. Casi todos nos damos cuenta de esto, pero no sabemos cómo afrontarlo.
Los sistemas, ya sean educativos o políticos, no cambian por arte de magia; se transforman cuando hay un cambio fundamental en nosotros mismos. Lo que tiene importancia básica es el ser humano, no el sistema; y mientras el ser humano no comprenda la totalidad de sí mismo, ningún sistema de la izquierda o de la derecha, podrá traer orden y paz al mundo.

La Página de la Vida