CONOCERNOS ¿qué nos quiere decir el cuerpo con la enfermedad?

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21 mayo 2009

La capacidad para DECIDIR (miedo a decir no)




Todo individuo, a lo largo de su existencia, se encuentra con frecuencia frente a situaciones que le suponen un dilema, momentos en los que ha de ejercer una de sus funciones psíquicas: la decisión. Pero ¿realmente somos siempre capaces de decidirnos y hacer lo que deseamos, con entera libertad? Pocas personas responderán con un rotundo «sí, siempre», cuando se sinceran de verdad.
Tomar una decisión a la hora de elegir un objeto material puede ser una tarea más o menos sencilla, pero hacer lo propio con elementos abstractos o con personas, tal vez no sea tan simple, si nos compromete afectivamente, si afecta a nuestros sentimientos.
En las situaciones comprometidas, la decisión se ve notablemente influida por la capacidad de autoafirmación o asertividad. A veces, cuando alguien nos pide un favor, nos vemos obligados a concedérselo; tal vez de «mala gana», pero nos sentimos incapaces de negárselo. Es cuando aparece el miedo a decir no.
Otras veces, el compromiso afectivo puede ser mayor cuando se tambalea la seguridad en uno mismo. Entonces, ya no sólo somos incapaces de negar un favor, sino hasta de rebelarnos contra una injusticia más o menos grande, como pueda ser la explotación laboral, impidiéndonos incluso solicitar un salario más justo.
En unos u otros casos juega un papel de vital importancia el miedo a ser rechazado, el miedo a dejar de ser querido, hasta el punto de inducirnos a vivir una vía «neurotizada», llena de angustia e infelicidad y sin defensa de los propios derechos.
Todos estos mecanismos psicológicos son fruto de un aprendizaje mal encaminado. Y ya en la infancia tiene lugar la siembra de esta conducta temerosa.
Cuando la madre dice a su hijo pequeño: «Si no haces esto, mamá no te querrá», está haciendo, sin darse cuenta, un chantaje afectivo. El niño aprende que si no hace lo que los demás le piden dejará de ser querido y caerá en el más profundo abandono afectivo.
Cuando el adolescente oye de su padre: «Con tu conducta me vas a matar a disgustos», no sólo sufre la amenaza de no ser querido, sino que además pesará sobre él la posible culpabilidad de su muerte.
Al mismo tiempo, en el estudio se puede topar con maestros que castigan al alumno que discute sus criterios educativos. La Iglesia, por su parte, impone unas normas morales con abundantes cargas de culpabilidad ante la falta de humildad. Los jefes amenazan con el despido laboral la demanda de derechos. Y el divorcio o abandono familiar conminan las conductas matrimoniales.
Tal vez parezcan un poco exageradas estas afirmaciones, pero cuando tales situaciones se repiten cotidianamente y a lo largo de la maduración del individuo, de forma subconsciente, van dejando su huella como una rodada donde fácilmente se puede caer siguiendo una ruta viciada.
Es un aprendizaje condicionado; es decir: una conducta aprendida ligada a un factor condicionante. En este caso, la negativa a una solicitud lleva implícita una carga de culpabilidad, temor y remordimiento que afloran en su momento, bloqueando las decisiones.
Muchas personas, en su vida cotidiana, se mueven dentro de esta trampa. Cuando deben decidir entre ellos o los demás se angustian. Confunden la humildad con el sacrificio, el favor con la obligación y sus derechos con las exigencias ajenas. Con frecuencia van de mártires por la vida y son presa fácil de otros sujetos de personalidad opuesta: los «aprovechados» que no dudan en utilizarlos.
También es posible encontrar individuos que limitan esa conducta temerosa a ciertas áreas de su vida. Tal vez sean obedientes y solícitos en su trabajo, transformándose en tiranos al llegar a casa. En este caso su «trampa afectiva» reside en el enfrentamiento con una autoridad, sus jefes, pero no en el plano familiar, donde él ejerce la autoridad.
De esta manera pueden darse infinidad de combinaciones que constituyen la diversidad psicológica del género humano.
La Página de la Vida